El cielo se esconde tras el velo de gruesas y oscuras nubes, igual que un niño se refugia tras las faldas de su madre. Quizá de un momento a otro se eche a llorar de nuevo. Derrama sus lágrimas fértiles sobre el mundo. Qué ironía, lo que le hace daño a él, hace bien a la Tierra.
Ya, justo ahora.
Se deshace en oscuros torrentes. Las primeras gotas se precipitan al vacío.
Golpean contra los coches, contra los cristales, contra el tejado de mi buhardilla.
Parecen entonar una hermosa melodía, con sus agradables 'plap, plap, plap, plap' .
Al caer sobre el suelo árido y seco del verano, le despiertan, le hacen revivir. Desatan nuevos olores y los esparcen por el mundo. Desatan la vida.
Ahora todo es armonía, el mundo entero parece hinchar sus pulmones y suspirar larga y lentamente a la vez.
No puedo creer a las personas que afirman que no aman la lluvia.
Son las lágrimas del cielo.
Son las lágrimas de Dios (del tuyo, del mío, del dios musulmán o del dios judío).
Son la vida.
Fin del delirio.
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