Entonces, el autobús llega, y le dedico al Señor Autobusero mi más sincero y alegre: 'Buenas tardes'.
Dejo que el aparatito naranja se trague mi billete naranja y mastique un viaje. Después busco un sitio estratégico, desde donde no tenga que moverme mucho (suelo ser un poco torpe dentro de las orugas, verdes o azules, depende de la zona, que recorren las carreteras de Madrid) para darle al botón (también naranja) para pedir mi parada al Señor Autobusero. Una vez encontrado el sitio ideal, rebusco un poco en la mochila y saco el bocadillo envuelto en papel albal.
Lo devoro.
Lo devoro de forma más desagradable aún si hay alguna señora modosita que me mira con reprobación.
'Verá , señora, es ésto, o no comer. Si tanto le desagrada, puedo compartir mi bocata con usted'.
Sería gracioso, pero no, nunca se lo he dicho.
Entonces recorro los diferentes barrios de la periferia en mi oruga verde, hasta que Madrid nos engulle. Llega mi parada, y le doy al botón naranja sin perder el equilibrio, gracias a mi sitio estratégico. Me bajo, y como los semáforos de esta zona son viejos amigos míos, puedo hacer el trayecto desde la parada del autobús hasta el Conservatorio en menos de cinco minutos.
Y por fin, atravieso la Puerta. Si cierro los ojos, es casi como si estuviese allí.
Delante de las Escaleras Princesa. Corro, casi vuelo, atravieso el patio y llego al Edificio Nuevo.
Abro las puertas de cristal y saludo a Fernando, o en su defecto a Lola, que se refugian detrás de la mesa de la recepción. Giro a la derecha y subo las escaleras de dos en dos, hasta el primer piso. Esta vez giro a la izquierda y me paro delante del Aula 2.
Inspiro, sonrío y abro la puerta.
Como siempre, Él está sentado encima de la mesa, rascándose la mente en busca de CDs nuevos para el taller de relajación. Le saludo, me saluda, y dejo el estuche encima del poyete de la ventana. Me quito todas las capas que el invierno me obliga a vestir hasta quedarme con una sola manga.
Entonces abro el estuche, y la magia se escapa e inunda la clase.
"Probablemente el secreto esté en ti. La viola es sólo una herramienta. Tú eres el instrumento aquí. Esa vibración que ocurre en la cuerda eres tú misma. ¡Te estás escapando de la madera, viajas libre por el mundo!"
"La música, la música tiene que salir de tu ombligo, tiene que recorrer todas tus terminaciones nerviosas hasta llegar a la punta de los dedos. Es un Río que Siempre Fluye"
Es un Río Que Siempre Fluye.
Y cuando te das cuenta, puedes ser Tú el Río.
Es como entrar en una sala de conciertos.
Me encanta entrar en ella sin ningún estado de ánimo, y salir con el que la música me haya regalado en esa ocasión.
Pero los Jueves no acaban aquí. Luego te encuentras con un montón de caras conocidas, todas especiales, porque sabes que son un poco Tú, y porque quizá sean lo que quisieras ser en un futuro. Y quizá te encuentres un par de caras aún más especiales. Y el Jueves es en un instante tu vida entera.
Fin del delirio.
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