Ya son las cuatro otra vez.
Parece que aún no hemos dejado de dar vueltas, y yo tengo que comprar una mesa más grande. Los papeles la cubren por completo. Lo mejor es que la mayoría de esos papeles no importan absolutamente nada. Suelen ser apuntes de algo lo suficientemente inútil como para que te hagan masticarlo y aprenderlo de memoria en el Instituto. Porque si, por el contrario, fuese útil la mitad del contenido de esas hojas, no tendrías que aprenderlo de memoria.
La vida te lo enseñaría de forma lo suficientemente eficaz como para que dure en tu mente.
Luego están esos papeles que son un poco como ideas que se han escapado de mi cabeza. Ésos también se esparcen por todas partes. No sé por qué, pero también hay una esponja.
Un par de películas también. Y el último testigo del catarro de la semana pasada. Vaya, también hay unos palillos chinos, manchados de la grasa de los tallarines del sábado. ¡Y la letra de una canción!
Pero ya son las cuatro otra vez. Así que voy a procurar que mi mamá me aprecie un poco más y voy a recoger todo esto. Acabaré metiéndolo todo en un cajón, como siempre.
Pero, la intención es lo que cuenta, ¿No?
Fin del delirio.

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