Escribe los números de teléfono como en los anuncios, bien separaditos.
Tiene una ratita presumida de mascota. Ha tenido problemas con las justicia (la rata), y huyó con él de su lugar de origen, el Ikea. Es una ratita simpática.
Por razones que escapan a mi conocimiento, tiene su cuarto lleno de ratas.
Deja las cosas como están, si la persiana se rompe, rota queda año y medio hasta que mami te amenaza con echarte de casa.
Espía a su vecino, le hace sentir incómodo cuando se mete la mano en el paquete. Desayuna tres o cuatro veces al día, aún tiene que crecer. Leche merengada, cómo no. Por supuesto, ésta no tiene nada que ver con la leche condensada, aunque sí con la leche con canela y limón.
Deberíamos fugarnos a vivir a un banco para poder ver todos los días las estrellas.
Y no se me olvida que me debes un amanecer.
Me ha regalado una palabra que le cambió a un niño por un dibujo. Y yo le debo una llamada.
A veces no sé quien es él, ni quién soy yo, ni quién es cada uno de los dos. Porque me siento la misma cosa. La misma sonrisa.
La misma manera de sentir.
Y el Retiro nos sigue esperando en el mismo sitio, porque sabe que queremos regalarle lo que mejor sabemos hacer. Vas a ser lo más importante que ha estado en este mundo, pero ya eres lo mejor de mí, Javierig.
Somos puertos seguros.
Dos en uno, uno en dos.
Fin del delirio.
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