jueves, 20 de junio de 2013

C'est ma melancolie.

Bajo los peldaños. Uno a uno. El intenso olor de la infancia, del pasado, de mi pasado me golpea en la nariz, sacude mi cerebro.
Parece que nunca me marché de aquí. Y sin embargo, nunca había estado tan lejos. De este lugar, de mi reflejo en sus espejos. Esos inmensos espejos que cubrían las paredes desnudas.
Los escalones me llevan de vuelta a esos otros tiempos, mejores o peores, ¿Quién podría saberlo? Sólo aquel que acostumbra a saberlo todo sin querer saber nada, y no estoy segura de que aquel exista.
Todas las puertas blancas están cerradas, excepto la del fondo, que deja escapar un rayo de esa luz tan blanca y familiar. El pasillo está a oscuras, pero no necesito bombillas, vuelvo a un trocito de mi hogar. Y ese olor, ¡Dios mío! Ese increíble olor. Camino despacio, no quiero marcharme de allí, nunca debí hacerlo. Asomo la cabeza en la primera clase. Nada. Los espejos devuelven mi lastimera imagen, ese suelo tan perfecto para dejarse llevar es un mosaico de sombras. Avanzo un poco más, sin saber, sin pensar, pero mis desgastadas zapatillas conocen el camino. Entonces una puerta se abre y aparece ella.
Ella.
Me sonríe. Por supuesto, sonrío también. Y nos fundimos en un abrazo, porque el tiempo no existe en este pequeño reducto de paz, de dulzura, de elegancia, en ese pequeño reducto de mí.

Solo puedo prometer una cosa, que esa tremenda necesidad de sentirme suelo, movimiento, música, de sentirme Ser, será satisfecha de nuevo.

Deslizo un pie. Respiro. Deslizo el otro. Giro, me desenvuelvo, avanzo y estiro mis brazos hacia los focos del escenario. De nuevo.

Fin del delirio.

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